The Farber Collection
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Ana Mendieta

Sobre Ana Mendieta

1948-1985, residió en los Estados Unidos

La llegada de Ana a Cuba en enero de 1980—dieciocho años después de su salida durante la “Operación Pedro Pan”—estuvo precedida por un evento político: la reunión sostenida en 1978 por el gobierno cubano y un grupo representativo de los “emigrantes cubanos en el exterior”. A consecuencia de ese diálogo inaudito, se cambiaron las regulaciones estadounidenses y cubanas a fin de permitir los viajes familiares a Cuba de cubanos en los Estados Unidos.

Ana asistió a la reunión de 1978 como parte de un grupo de jóvenes agrupados en la Brigada Antonio Maceo y la revista Areíto. La artista regresó a Cuba en numerosas ocasiones y su presencia desempeñó una función catalítica en un momento definitorio para el diseño de las nuevas coordenadas del arte: la emergencia de la generación de Volumen I en los años ochenta. “Tuvo especial interacción con José Bedia, Ricardo Brey y Juan Francisco Elso... El trabajo de Ana, aunque procedente del nuevo performance y el arte feminista de los años setenta, se fundamentaba en la misma perspectiva de aquellos jóvenes, al introducir elementos de religiosidad afrocubana. Ella, cuya obra ya estaba claramente definida, ejerció influencia artística sobre ellos, y a la vez recibió una fuerte influencia cultural” (Mosquera, 2003, 267). El encuentro fue tan provechoso como energético. Procedentes de meridianos culturales aparentemente distintos, artistas de la isla y una cubana de la diáspora superaban tanto las definiciones panfletarias de la identidad nacional como las manipulaciones folklóricas Made in Hollywood. Las imágenes estereotipadas de las maracas, la tumbadora, la palma, el colorido gallo y el Latin lover eran sustituidas por una concepción fluida que interiorizaba los componentes religiosos (africanos) de la cultura popular y los resignificaba mediante el instrumental del arte contemporáneo.

Además de las Esculturas rupestres (1981) que talló en las Escaleras de Jaruco y la playa de Varadero, su presencia menuda también dejó una huella personal. Sus vínculos renovados con Cuba la convirtieron en promotora del “deshielo” cultural con Estados Unidos. Gracias a su entusiasmo, críticos y artistas como Rudolf Baranik, Lucy Lippard y Carl André visitaron la isla, surgieron programas de intercambio de artistas cubanos hacia universidades norteamericanas y obras de Keith Haring, Barbara Kruger, Hans Haacke, Faith Ringold, Carl André, May Stevens y Mel Edwards, entre otros, fueron donadas a las colecciones de instituciones culturales.

Ana asignó una tarea sanadora, tanto a nivel personal como al simbólico, a las intervenciones efímeras que escenificaba y fotografiaba: siluetas incisas en la tierra, marcas ancestrales en la arena o en árboles, y manipulaciones de energías elementales como el agua o el fuego. Esa obsesiva búsqueda de la unión ritual con la naturaleza, lograda mediante una verdadera sobriedad de medios, buscaba compensar los daños sicológicos en su biografía: el trauma del desarraigo provocado por el exilio en su etapa adolescente. En los Estados Unidos, Ana había sido una isla cubana en un contexto ajeno.

Yacer o marcar su presencia fantasmal sobre la tierra implicaba, sobre todo, el reencuentro con un país de cuyo centro había sido extirpada por la Historia, con una nación cubana aún exasperada que segregaba con recelo a emigrantes y católicos, santeros y homosexuales, librepensadores y utopistas como practicantes de “conductas impropias”. Para el arte de la isla, que apenas se despojaba de los traumas causados por la burocratización cultural de corte estalinista (el “Quinquenio Gris”), su gesto fue insólito e imprescindible. Y ha logrado una resonancia profunda en artistas de generaciones posteriores como Marta María Pérez, Magdalena Campos, Tania Bruguera, Sandra Ramos, DUPP, y el grupo Enema.

—Abelardo Mena Chicuri