Kcho (Alexis Leyva Machado)
EXHIBITIONS:
2003 (April) 100 Artistas con AVAM. Subasta Extraordinaria de Arte Contemporaneo (100 Artists with AVAM. Extraordinary Auction of Contemporary Art), Madrid, Spain.
2007 (May 29-Sep 9) Cuba Avant-Garde: Contemporary Cuban Art from the Farber Collection, Samuel P. Harn Museum of Art, University of Florida, Gainesville, FL
2007 (Oct 7-Dec 31) Cuba Avant-Garde: Contemporary Cuban Art from the Farber Collection, John & Mable Ringling Museum of Art, Sarasota, FL
2009 (Oct 3-Jan 4) Cuba Avant-Garde: Contemporary Cuban Art from the Farber Collection, Jordan Schnitzer Museum, University of Oregon, Eugene, OR
2010 (Oct 15-Jan 10) Cuba Avant-Garde: Contemporary Cuban Art from the Farber Collection, Winnipeg Art Gallery, Winnipeg, Manitoba, Canada
2010 (Feb-Apr 4) Cuba Avant-Garde: Contemporary Cuban Art from the Farber Collection, Lowe Art Museum, University of Miami, Coral Gables, FL
2010 (Jun 27-Sep 19) Cuba Avant-Garde: Contemporary Cuban Art from the Farber Collection, Katonah Museum of Art, Katonah, NY
REFERENCES:
Catalogue 100 Artistas con AVAM. Subasta Extraordinaria de Arte Contemporaneo (Madrid: AVAM, 2003), p. 51, item 123. Abelardo Mena Chicuri, Cuba Avant-Garde: Contemporary Cuban Art from the Farber Collection (University of Florida Press, 2007). Center for Cuban Studies, 40th Anniversary Calendar, 2012, Cover, illus.
n. 1970, reside en Cuba
Hijo de un carpintero y una maestra de artes visuales, quien le enseñó con rigor sus primeras nociones de dibujo, Kcho obtuvo su título en Pintura y Dibujo de la Escuela Nacional de Arte (ENA), fundada en 1961. En 1991, fue incluido en la importante exposición Los Hijos de Guillermo Tell, junto a destacados creadores de la generación de la década de 1980 como José Bedia, Flavio Garciandía, Gustavo Acosta, Glexis Novoa, Tomás Esson y Marta María Pérez.
La isla de mis sueños es un testimonio de las urgencias expresivas de Kcho en el año de su graduación. Con obsesión descriptiva, los grabadores holandeses y franceses del siglo XVIII incluían en sus planos cartográficos todos los detalles geográficos de Cuba, sus montañas y ensenadas. El joven artista asume otro camino, mucho más arriesgado: más que describir a Cuba, quiere simbolizarla. Y así fusiona la condición insular del país con las angustias de su propia época en una metáfora deslumbrante de múltiples capas: la isla ha dejado de ser tierra firme y se ha transformado en un salvavidas: una goma de camión similar a las utilizadas por los balseros cubanos en el peligroso derivar hacia las costas de la Florida. Pero en la Cuba de 1990, no sólo son los balseros los que sienten la fragilidad de su destino. La Unión Soviética se ha evaporado y en el Mar Caribe, escorada y con las luces apagadas, una nación entera intenta sobrevivir, y espera.
El título de la pieza, expresión de un deseo insatisfecho o la enunciación de un concepto, ha sido caligrafiado en la zona inferior de la imagen para facilitar la observación y la lectura simultáneas. El dibujo, suelto y firme, configura las texturas de los materiales naturales involucrados, pero no respeta la convención bidimensional del género. Para Kcho, el espacio vacío es un banco de pruebas que envuelve y da sentido a sus ideas tridimensionales. Más que dibujar, esculpe sobre el papel. Como extrapolaciones de su frase “el dibujo es el soporte de la idea”, estas piezas funcionan como dibujos autónomos, pero son al mismo tiempo proyectos posibles para piezas escultóricas. Son las marcas de un proceso de pensamiento y la posibilidad de su utopía. A partir de Kcho, se inicia para el arte cubano actual (y sus coleccionistas) la valorización del dibujo como artefacto proyectivo.
Aunque algunos críticos relacionaron a Kcho con Juan Francisco Elso, uno de los pioneros de Volumen I, o con Arte Povera, por las referencias e inclusión de materiales naturales, la imagen low-tech ofrecida por el artista se insertaba con derecho propio en las búsquedas post-conceptuales del arte de la década de 1990. Escultores como Alejandro Aguilera o Alexis Somoza investigaban la connotación “ideológica” de los materiales escultóricos clásicos y la aplicaban al desmontaje de las versiones oficiales de símbolos patrios y figuras históricas. Kcho dilataba aún más el expanded field de la escultura con la inclusión protagónica de la naturaleza en estado “puro” y técnicas artesanales de producción. “Las obras trabajadas con gajos y fibras de la naturaleza cubana caían en el campo de una escultura de gran formato pero a la vez ligera y transparente. La representación tan desenfadada como precaria de una signística de la isla, así como de emblemas de la nacionalidad, no dejaban de parodiar las retóricas diseminadas desde la ortodoxia bajo la supuesta salvaguarda de los valores del proyecto social cubano...” (Noceda, 2001, 31).
Sin embargo, las búsquedas del artista apuntaban hacia connotaciones más profundas en la identidad sociocultural del cubano. Desde La Jungla (1943) de Wifredo Lam, la representación del paisaje insular no sufría una transformación tan radical. Lam había convertido la naturaleza cubana en mito, superando las limitaciones de un criollismo positivista de piel blanca. Medio siglo después, con Kcho, el campo cubano fue despojado de todo sentimentalismo. En La isla de mis sueños, la palma real—baluarte de la cubanidad para los poetas románticos del siglo XIX—se ha convertido en símbolo erecto de la soledad de la isla.
Hacia el año 2001, Kcho ya es uno de los “pesos pesados” del arte cubano con obras en relevantes museos y colecciones del mundo. Su incesante producción de esculturas, dibujos, grabados e incluso joyas se canaliza a través de un repertorio estable de íconos: botes y balsas, remos y hélices, móviles, columnas infinitas, muelles, ensamblajes heteróclitos. La trayectoria del artista de Isla de Pinos parece desplazarse bajo el dictado exclusivo de necesidades expresivas internas, y sobre premisas que parece compartir con Amelia Peláez, artista cubana moderna del pasado siglo: “Avanzaba hacia el futuro, pero se remitía constantemente hacia su propio pasado, tomaba motivos o direcciones de trabajo no agotados y los incluía en la corriente dominante de trabajo de su obra. Esta podía convertirse entonces en una espiral abarcadora o desviarse en un arabesco momentáneo, para luego retornar, enriquecida, a su cauce mayor...” (Vázquez, 1996, 13).
El artefacto representado en La conquista del espacio… es una obra canónica de la arquitectura de vanguardia del siglo XX: el Monumento a la Tercera Internacional. Diseñada entre 1919 y 1920 por el artista soviético Vladimir Tatlin en homenaje a la Internacional Comunista, debía ser instalada en San Petersburgo y contenía espacios para diversas funciones administrativas. Concebida en acero y más alta que la torre Eiffel, las realidades tecnológicas de la Rusia de Lenin impidieron su construcción, y se convirtió en símbolo del fracaso de las utopías arquitectónicas y sociales.
El primer encuentro “cercano” entre Kcho y Tatlin había ocurrido nueve años atrás, cuando el cubano creaba A los ojos de la historia, expuesta en el Museo Nacional. Una torre espiral construida de fibras vegetales, tenía un aspecto inestable, fláccido, y en su cumbre poseía… un colador de café de factura campesina. “Es un símbolo de la utopía socialista que no funciona”, comentaba el artista en Flash Art. “Fue algo así como: vamos a hacer café con esa espiral. ¡Hay que hacer algo con ella!” (Budney, 1997, 6). La interpretación irónica, perfectamente consciente, reflejaba un agudo desajuste social. “Eran los años de una fluida emigración de los principales artistas plásticos hacia México, Miami y España... Para muchos se había decretado la muerte de todas las utopías” (Acosta, 2001, 7).
Sin embargo, la obra del diseñador ruso dejó marcas profundas en los conceptos escultóricos de Kcho (Llanes, 1995, 6), quien retornaría a ella una y otra vez posteriormente. En la Bienal de Valencia de 2001 exhibió estructuras similares a A los ojos de la historia y a fines de ese año, las torres de Tatlin se fundían a los mitos tercermundistas del cubano Wifredo Lam en la muestra La Jungla en el Museo Nacional. Para construir obras como Regatas (1994), Kcho había reciclado madera encontrada a orillas del mar; ahora reutilizaba las obras de Tatlin y Lam como materia prima para ese proceso.
Peculiar remix de la torre de Tatlin, La conquista del espacio… resume el ciclo temático iniciado con A los ojos de la historia. El papel de gran formato ha sido convertido en bloc de notas. El artista—a la manera de un monólogo interior—acentúa el carácter inacabado de la obra: propone soluciones técnicas, detalla mecanismos y apunta frases sueltas, tal como hiciera Leonardo da Vinci para las máquinas voladoras que ostentan sus códices. En un milagro técnico indescifrable para expertos de la NASA, el fracasado Monumento a la III Internacional ha sido transformado en una nave espacial, un vehículo orbital capaz de volar gracias a los paneles solares añadidos por el artista. La utopía traicionada, así como la pesantez arquitectónica, han levitado a pesar de los desafíos de una tecnología incoherente. Y por la imaginativa creación de Kcho, ensamblador de artefactos imposibles, el penetrante aroma del café cubano invadirá los inmensos espacios siderales.
Referencias: Catálogo, p. 51, no. 123.
—Abelardo Mena Chicuri
