The Farber Collection
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Carlos Estévez

Sobre Carlos Estévez

n. 1969, reside en los Estados Unidos

La dinámica operativa en la producción visual cubana entre las décadas de 1930-60 del siglo XX, estaba centrada en la producción de imágenes que expresaran reivindicaciones de temas nacionales mediante la revisión de las tendencias vanguardistas. Bajo el canon fijado por las metrópolis del arte, primero París, luego Nueva York, la modernidad cubana apareció como una adaptación “secundaria” de las fuentes “originales”. Sin embargo, a partir de la importante exposición de 1981 Volumen I y con las generaciones posteriores, el arte cubano actual ha desafiado la condición “periférica” y sus complejos de inferioridad, al producir un arte contemporáneo que no se excusa en las fáciles trincheras de lo “nacional”, y asume sin timidez su inevitable circulación a través de los circuitos globales de arte. A este proceso también ha contribuido el activo desplazamiento de los artistas fuera de Cuba, ya sea en condición migratoria o mediante el nomadismo institucionalizado por bienales internacionales, residencias, talleres y becas. Fuera de la fácil comodidad organizativa en tendencias o grupos, las artes visuales cubanas constituyen hoy un archipiélago de muchas islas. Las denominaciones genéricas de “kitsch”, “arte postmoderno” o “contestatario”, útiles en etapas anteriores para detectar similitudes entre los procesos artísticos fuera y dentro de Cuba, han estallado bajo la presencia de personalidades de fuerte acento individual que desbordan toda clasificación.

Carlos Estévez es ciertamente una de ellas. Rastreado inicialmente como discípulo de Elso Padilla por el uso de materiales naturales y por las representaciones “primitivas” de lo humano, ha desarrollado una mitología personal de sello antropológico y coherencia propia. Sus fuentes de referencia no se encuentran en la crónica costumbrista, la parodia cínica hacia los rituales de la Historia o el compromiso evidente con culturas subalternas, sino en la fusión de “la antropología, la literatura existencialista, los cultos sincréticos, la ontología, los códigos medievales, las culturas populares, la religión, el saber resumido en las enciclopedias, la filosofía de Kant, Nieztsche, las creencias orientales y el neokantismo de Ernst Cassirer” (Pino, 1995, 33).

Las visiones de Estévez transcienden la experiencia cotidiana, como si la quiebra de toda utopía en el horizonte futuro lo hubiese conducido a crear un reino de creencias y sabiduría anclado en los sólidos bastiones de la historia, la cultura y los mitos universales. No estamos, sin embargo, frente a un neomedievalista que se apropia de íconos o figuraciones con un propósito decorativo, sino de un artista cuya obra, rica en sustancia, está concebida como puente entre la filosofía y la poesía. De ahí proviene no sólo la ritualidad del proceso de creación y elaboración de las piezas, sino también la inclusión de referencias al arte cristiano, a la escultura barroca, a rosas náuticas y cartas geográficas, a textos sagrados y a imágenes de animales y de órganos del cuerpo humano.

Si en la escultura policromada A través del universo (1992, Colección Farber), un hombre similar a Cristo se apresta a volar en busca de la libertad o el conocimiento, en La Verdadera Historia Universal (1995, MNBA) se desafía el concepto lineal de la historia al situar literalmente al espectador frente a un teatro de títeres de madera, del cual puede excluir o sumar héroes, figuras históricas e incluso villanos. A partir de la exposición El destino es tuyo en 1995, en los dibujos y lienzos de Carlos se han mezclado imágenes de animales, partes del cuerpo humano y esquemas mecánicos con las apretadas líneas de la cartografía, a través de transparencias que recuerdan los tratados del esoterismo, la alquimia, la acupuntura o los códices anatómicos de da Vinci. “Mi preocupación ha sido elaborar imágenes que sean a la vez instrumentos de reflexión, metáforas en torno a cuestiones existenciales del hombre, por ejemplo, su poder, su debilidad, su esencia y misión en el universo” (Pino 1995, 34).

Una de esas iluminaciones reflexivas es El mundo en que vivimos (1996), imagen posteriormente reproducida sobre una banderola de 5 metros de altura. La mano, apéndice relacionado con el trabajo y la oración pero también con la agresividad y el castigo, ha sido transmutada en metáfora del universo. Las líneas inscritas sobre la piel son ahora rutas de una extensa geografía que debemos cruzar sin más auxilio que una rosa náutica, guiados por el conocimiento y la sabiduría común. En Ciudad Secreta, el artista parece describir una especie de isla-ciudad antigua, rodeada de fuertes murallas y callejones medievales. Para facilitar la orientación del caminante, las rosas náuticas han sido colocadas en las posibles puertas de acceso, indicando las vías de entrada y salida del recinto amurallado. Pero en este curioso plano urbano no encontraremos nombres de calles, ni descubriremos el movimiento incesante de las multitudes. Lo que Carlos describe con hermosa analogía es simplemente el corazón humano, cuya silueta sintética cierra el contorno de la imagen. Sobre el mismo se inscriben todas las experiencias posibles—esquemas de animales y aparatos mecánicos que se han integrado a la naturaleza compleja del hombre, realizados mediante un dibujo sutil e intrincado. El corazón es el reino íntimo de cada persona; para algunos se descorrerá lentamente en el transcurso de la vida y para otros será eternamente secreto. 

—Abelardo Mena Chicuri

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