The Farber Collection
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Manuel Mendive

Sobre Manuel Mendive

n. 1944, reside en Cuba

Las coordenadas cognoscitivas para comprender la obra de Manuel Mendive están unidas al inmenso corpus sociocultural de la diáspora africana asentada en América Latina como resultado de la trata de esclavos impulsada por la economía de plantación desde el siglo XVII. Las cosmovisiones religiosas introducidas en el continente por mujeres y hombres de diversas naciones africanas se adaptaron a los nuevos contextos sociales y naturales, y mediante prácticas de resistencia simbólicas han logrado incorporarse en el imaginario social de las sociedades contemporáneas. Tal es el caso de la Regla de Ocha, o Santería, procedente de las culturas yorubas, que han encontrado en Cuba y Brasil dos de sus focos de mayor irradiación.

La obra del artista cubano está unida indisolublemente a su condición de santero, de leal practicante de una religión que desde la década de 1990 ha dejado de ser refugio exclusivo de negros y mulatos pobres para asumir rasgos multirraciales y multiclasistas. Para una sociedad contemporánea laica y materialista que contempla bajo sospecha los extremismos religiosos, la creación de Mendive se podría convertir en un espectáculo exótico o folklórico. Sus claves interpretativas, sin embargo, no radican en la mirada del turista, ávido por comprar souvenirs que testimonien su visita por el mundo, sino en la coherencia entre visión y medios expresivos, en la intensidad de sus búsquedas y compromisos éticos.

Graduado de la escuela de arte San Alejandro en 1963, la producción artística de Mendive surgió en el contexto de las polémicas culturales entre los partidarios del realismo socialista y los defensores de una “herejía” cubana y socialista. Igual importancia cobró la disonancia entre la tolerancia y estímulo a las tradiciones culturales africanas y el rechazo simultáneo a sus religiones como creencias “atrasadas”, supuestamente condenadas a morir durante la construcción (inmediata) de un hombre nuevo, ateo y cientificista. Rodeado por las propuestas deslumbrantes de artistas como Raúl Martínez, Servando Cabrera, Antonia Eiriz y Ángel Acosta León, la ruta emprendida por Mendive, fiel a su origen y contexto familiar, exploraba una dimensión mágica, opuesta al aliento épico del momento. “Viví en un barrio marginal llamado Luyanó, en La Habana”, confesó el artista; “...mi familia conocía bien la antigua religión de los yorubas” (Britto, 2001, 10). Ante la utopía social, que concebía la URSS como su diseño más acabado, Mendive proponía una cosmovisión donde hombres y dioses se daban la mano sin exclusiones—primero en tablas talladas y policromadas, posteriormente en lienzos y performances sobre cuerpos de bailarines.

No estamos ante un artista primitivo, sino ante un creador entrenado en las técnicas occidentales del arte que ha seleccionado una iconografía, un tipo de factura específica como vehículo más adecuado para la narración de sus historias. Cita como influencias “la pintura de Giotto, que es mi gran pintor, y Fra Angélico. Son mis pintores, que siempre me han ayudado” (Britto, 2001, 11). La inclusión de la escultura como una de las vertientes creativas de Mendive retorna a partir de su muestra Para el ojo que mira (1987) y se intensifica en los últimos años, con el uso de la fundición en bronce y el corte de chapas metálicas, la integración de materiales diversos (caracoles, ex votos, textiles) y la proyección espacial de carácter autosuficiente.

En Los hijos del agua... el artista vuelve a un tema visual previamente materializado en el bronce Mujer y pez (2000): la convivencia sin fisuras de los hombres y los animales, gracias a las esencias conceptuales de la santería: animista, panteísta y con una intensa proyección ecológica. No encontraremos aquí la persistente reverencia que el pescador Santiago ofrece al pez de El viejo y el mar en el transcurso de su tenaz batalla, sino un tejido artístico que reivindica el pensamiento mágico inscrito en los actos cotidianos, en los que el hombre, el pez y los seres que habitan en el mar comparten generosamente las fuentes de la creación y el favor de los orishas divinos.

Referencias: Catálogo, Mendive; Shangó y la Vida, p. 88, listada como número 12.

—Abelardo Mena Chicuri