The Farber Collection
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Ángel Delgado

Sobre Ángel Delgado

n. 1965, reside en México

Día 4 de mayo de 1990. Inauguración de la muestra colectiva El Objeto Esculturado, Centro de Desarrollo de las Artes Visuales. El artista Ángel Delgado extrae lentamente un periódico Granma, se acuclilla ante el público indiferente y defeca sobre el impreso. Bajo el título “La esperanza es lo último que se está perdiendo”, el performance provoca el cierre de la muestra y la democión de la directora del centro. Ángel es condenado por escándalo público. Durante seis meses, se convertirá en el recluso 1242900. El arte procesual de la década de1980 había discutido la unión del arte y la vida desde un enfoque teórico; las vivencias de Ángel lo colocaban de modo directo ante un contexto que sólo conocía de oídas o a través del cine.

Su status involuntario de artist in residence catalizó su creación en ese espacio. “Ahí aprendió, con sus compañeros de cautiverio, a dibujar sobre pañuelos con lápices de colores y cold cream, y a tallar imágenes sobre jabones de lavar; y de ahí han salido los temas y la inspiración general de todos sus trabajos” (Hernández, 2002). También descubrió que el arte era útil: las tallas y los pañuelos dibujados podían ser intercambiados por productos de extrema necesidad. Mientras tanto, en rabioso ejercicio de privacidad, realizaba 102 dibujos a bolígrafo y creyón sobre papel de oficina, a la manera de “escritura jeroglífica secreta, un haz de historias gráfico-textuales, una iconografía, un almacén de recuerdos” (Mosquera, 1996, 24).

La creación en prisión implicó también su entrada a un peculiar canon sociocultural: el arte y la literatura carcelarias. En Cuba, textos como el ensayo El presidio político en Cuba de José Martí, la novela Hombres sin mujer de Carlos Montenegro, las memorias Presidio modelo de Pablo de la Torriente Brau, los dibujos realizados por Ernesto de Blanck en el Castillo del Príncipe y los anónimos graffiti en las paredes del presidio de Isla de Pinos son contribuciones previas a un corpus—inexplorado por los académicos de la isla—en el que se cruzan los discursos del sometimiento y la rebelión, de las urgencias del cuerpo y la soledad del individuo.

Dentro de esta tradición no reconocida, el inevitable sello autobiográfico balancea la propuesta de Delgado hacia el género del testimonio o la “no ficción”. Pero su solidez conceptual evita la reducción a melodrama anecdótico. El enfoque es similar al del artista uruguayo-norteamericano Luís Camnitzer. El evento traumático es canalizado, expurgado a través de la apropiación de objetos (jabones, sabanas y pañuelos dibujados) procedentes de un referente cultural “popular”. Éstos son transformados en material y metáfora sobre la libertad. Ángel reapropia, como signo distintivo, la forma, textura y olor del jabón, lo aplica directamente sobre dibujos, lo transmuta en símbolo de la maleabilidad del ser humano ante el medio social, en una reflexión cercana a Suicida o moldeable (1989), obra del artista Carlos Cárdenas.

Delgado convierte el pañuelo—objeto íntimo de “los hombres duros” en encierro—en un códice narrativo, un diario obsesivo donde cada pedazo de tela constituye un cuadro, a la manera de las historietas. Pero la narración es estrictamente visual, porque sobre todo reina el silencio y el gesto contenido. Los objetos (literas, ventanas con barrotes, cercas de púas ) son los encargados de expresar la presencia humana. En caso que aparezcan personajes, serán definidos como siluetas lineales o permanecerán mudos sin intercambiar palabra alguna. El dibujo es parco, preciso; se adapta disciplinado a las formas del tejido.

Sobre uno de los pañuelos, Ángel ha dibujado las imágenes sin rostro de tres hombres. Ojos, narices y bocas han sido excluidas; sólo las siluetas los definen. Sin embargo, sus lenguas parecen dotadas de incesante actividad. Éstas se enroscan entre sí, formando el único puente entre los rostros anónimos. El dibujo traduce contextos lingüísticos de uso común en imágenes. “Darse lengua” sería la frase popular adecuada al caso, pero su significado no implica vínculo carnal entre los sujetos sino conversación cómplice, chismorreo, transmisión intensa de información—en fin, el deporte de hombres aburridos.

El segundo pañuelo parece apropiarse de un formato universal fotográfico: la foto policial. En la zona del pañuelo inferior aparece una serie numérica: 1242900, el código de identificación penal de Ángel. Pero no existe rostro o silueta, se ha desvanecido. El retrato imprescindible para la identificación del individuo ha sido sustituido por una masa amorfa, sucia, indeterminada. Podría ser marcas de sudor o pisadas, de semen o lágrimas, o un escueto sudario donde la voz individual desaparece tras el número asignado, código de barras de una biografía que se resiste a perder su voz.

Referencias: Block, Holly, Art Cuba: The New Generation (Harry N. Abrams, 2001), p. 67.





—Abelardo Mena Chicuri