Reynerio Tamayo
REFERENCES:
Arte por excelencias 4 (2009), pp. 76-77, illus.
REFERENCES:
Kelly Crow, “Cuba Now,” Wall Street Journal (3/27/09), p. W12. Rubén del Valle Lantarón, et al., eds., Décima bienal de la Habana 2009 (Cuba: Artecubano Ediciones and Centro de Arte Contemporáneo Wifredo Lam, 2009), p. 476.
n. Niquero, Cuba, 1968
La obra de Reynerio Tamayo sobresalió desde finales de la década del ochenta, tocado por la vocación postmoderna e inclusivista que se abrió paso en el arte cubano del momento. El humor fue desde los inicios un fundamento genuino en la pintura de Tamayo, en diáfana relación con lo popular y con el kitsch. El artista compartía la festividad liberadora de un entorno cultural que hizo notables las apropiaciones, citas y parodias, elementos que, unidos a diversas formas del humor (junto al “choteo” cubano) y el lenguaje de los comics, se integraron al modelado inicial de su trabajo, convirtiéndose en recursos fundamentales de su poética.
Al presentar su exposición Gótico, neogótico y estrambótico (Centro Wifredo Lam, 1988) el artista cubano Jesús González de Armas reconocía ya la exquisitez y minuciosidad preciosista de las obras de Reynerio y su pericia, propia de miniaturistas medievales. En otro sentido, ponderaba la naturaleza excepcional de su humor. Las virtudes técnicas del oficio, unidas a su ingenio fabulador pasaron a ser constantes de su discurso, y su permanencia de sentido ascendente puede ser apreciada en dibujos, cerámicas, carteles, acuarelas, pinturas, instalaciones y esculturas.
El absurdo y la sátira integrados a la poética de Tamayo—a partir del reciclaje, la cita y la parodia de la historia del arte—dibujaron, junto al choteo, una singular caricatura de la sociedad: su obra suscribía una crónica singular. La misma se descubre en aquella mezcla de agudeza y lirismo con que a finales de los ochenta definió tipos populares, universos cotidianos, costumbres y escenas nacionales. También está presente en las cavilaciones irónicas e incisivas que en el trascurso de los noventa fustigaron múltiples absurdos de la vida insular mientras su pintura alcanzaba mayor intensidad y protagonismo. La apertura hacia temas universales se acentuó durante su permanencia en España (1996-2006) y en su obra reciente revelan una vocación humanista centrada en la observación crítica de problemáticas que acosan al mundo contemporáneo. La naturaleza de su discurso lo condujo hacia formas más complejas del humor; de lo satírico predecible hacia esa anulación de la risa común al pastiche.
En conexión con esta dimensión actual de su trabajo, están un grupo de proyectos escultóricos, algunos de ellos recientemente materializados. Su acuarela, La lámpara maravillosa de Aladino (2006-2008), anticipó lo que poco tiempo después sería la escultura en metal de título homónimo. Realizada de conjunto con el escultor Eulises Niebla, sería convertida en una de las piezas cardinales de la exposición Magma mía!!!, presentada en Villa Manuela en 2008.
Ambas obras, aunque en soportes diferentes, dieron riendas a su visión de la actualidad a partir de las cardinales tensiones de poder que la definen. Por medio de La lámpara… denuncia a quienes llevan las riendas del mundo, sin importar el costo de las guerras que por el control del crudo son frecuentes en el Oriente Próximo. La idea, anticipada a través de la acuarela y luego materializada como artefacto metálico, convirtió la lámpara en símbolo del mundo árabe, tras tomarla en préstamo al cuento Aladino y la lámpara maravillosa de Las mil y una noches. A su favor estaba la universalidad de la historia, emblemática de esa zona geográfica, y una de las que mayor eco ha alcanzado en la cultura occidental.
Las dos obras detallan ese híbrido entre la lámpara de aceite del cuento y los buques de guerra. Ambas apariencias se funden en una sola figura, imponiéndose en el cuerpo del objeto la artillería que se avista desplegada. El acero carcomido que aparece en diferentes secciones, remite a la oxidación como marca que el tiempo deja impresa, en tanto los tonos rosáceos que acompañan a los grises, remedan la sangre derramada en más de una guerra cuyo trasfondo real ha sido el dominio de las significativas reservas de petróleo que la región posee, entre otras razones estratégicas.
La pulsión de una lámpara como la que Tamayo representa constituye el punto de equilibrio del mundo actual en términos políticos, económicos y medio ambientales. Es precisamente eso lo que hace funcionar La lámpara maravillosa de Aladino como un símil de la globalización.
La acuarela Buque Petrolero (2009) y la pintura al acrílico de igual título son parte de ese retrato del mundo actual que Tamayo está interesado en realizar. La acuarela registra la idea, en una única imagen se funden uno de esos enormes barcos diseñados para el transporte del crudo con el cuerpo zigzagueante de una serpiente. La pintura, presentada por Reynerio Tamayo al comité de la X Bienal de La Habana, definió las particularidades del proyecto escultórico que posteriormente realizó junto a Eulises Niebla. La disposición gráfica establecía la escala de la pieza y la relación de ésta con el espectador.
Conectado con esas energías que Tamayo transfirió en La lámpara maravillosa de Aladino, Buque petrolero es, en ambos soportes, “una especie de ‘monstruo’ que repta sobre las aguas del mundo buscando el combustible de la vida”, como definieron los artistas; un tropo acerca de la dependencia internacional de los hidrocarburos. Eso precisa su simbolismo y el rol de semejante nave como facilitadora o no del desarrollo, al ser la vía que hace posible la transportación del combustible. La analogía entre el barco y el reptil, alerta sobre la capacidad de destrucción del fluido transportado, en tanto subraya los peligros de la guerra por el control de las zonas de reserva en el planeta.
En La lámpara maravillosa de Aladino y en Buque Petrolero, están nuevos perfiles del planeta. Cuerpos híbridos, mestizos, con los que Reynerio Tamayo ha metaforizado la esencia de la contemporaneidad.
—Caridad Blanco de la Cruz
