n. La Habana 1963, reside en los Estados Unidos
Tomás Esson Reid es uno de los más notables artistas que emergieron en Cuba durante los años ochenta. Autor de una obra provocadora y artista polémico él mismo, participó junto a Carlos Cárdenas y Glexis Novoa en la muestra Patria o Muerte (Castillo de la Fuerza, 1989). Al igual que ellos, tomó la decisión de emigrar a inicios de los años noventa.
En Cuba, Esson inició una obra que la crítica suele identificar con lo grotesco, lo mitológico y lo vulgar. Híbridos de bestias y humanos; engendros en actitudes muchas veces vociferantes, capitalizaron sus pinturas, dibujos y esculturas. Aquellas figuras mostrencas centraron y colmaron universos cuyos asideros contextuales hicieron mutis. Sus formas rotundas las hacían parecer muy telúricas y corpóreas incluso en el plano bidimensional. Y es que el sentido de volumen resultó un rasgo de beligerancia visual para Esson.
Al artista le interesaba –sobre todo– la plasticidad, según confesó al crítico Gerardo Mosquera. No le inquietaba si su obra estaba en sintonía con el postmodernismo: una mainstream que, por demás, no conocía: no lucubró con la cita, la apropiación, el pastiche posmodernos.
Admirador de Goya, van Gogh, David Alfaro Siqueiros y Servando Cabrera Moreno, le unía a aquellos artistas una esencia expresionista. El aislamiento, la alteridad, la deformación y la violencia constituían vectores de alta expresividad tanto en las obras de estos clásicos como en las de Tomás. Con la de Servando, particularmente, hubo confluencia en el trato de la carne y la representación atrevida de ciertas partes anatómicas, como apuntó Mosquera en el catálogo de la primera muestra personal de Esson (A tarro partido, 1987). El sentido de lo deforme y grotesco podía lindar con la caricatura pero era, ante todo, una personal manera de sentir y graficar.
En Spoulakk (1987) y Talismán (1989) hay puntos en común. Uno es la representación de la figura de espaldas. Otro es el énfasis en el trasero femenino, tan apreciado desde la comunidad primitiva. De hecho, las figuras de Esson acusan una esteatopigia a lo Venus de Willendorf, contemporizada con la exuberante carnalidad de una típica mujer criolla.
Las mujeres-monstruos de Tomás no se dejaron seducir por el body-building de los años ochenta. La intención de Esson no era pintar figuras bellas o amables. Su arquetipo estaba cifrado en la apariencia grosera, la vulgaridad circundante, la agresividad callejera o doméstica que no representó directamente.
La mirada de Esson estuvo condicionada, también, por el choteo y lo escatológico. Con la picardía del cubano, inventó una palabra que parece rusa: Spoulakk, y por cuyo sonido deletreado se leería así: “ese pe-o (h)u-ele a ca-ca”. Expresión que, por su significación, sigue la pauta del lienzo Foo Foo Fooo muchas veces (1967) del también cubano Umberto Peña.
Desde una perspectiva «trasera» –que no es un flashback–, en Spoulakk y Talismán el espectador no asiste a la adoración de las nalgas femeninas. Sí hay un fuerte emplazamiento visual, no necesariamente de tipo erótico-ritual. Nalgas y tarros parecen unirse en una suerte de resguardo. Los cuernos pudieran ser un «amuleto artístico» y un signo de identidad que aparece una y otra vez en su obra. De cualquier modo, Esson hace recordar que el espectador es un empedernido voyeur.
En Talismán quedó evidenciado su virtuosismo con la forma tallada y la síntesis visual. En Spoulakk mostraba sus grandes dotes para la pintura y el dibujo. Su pincel trazó líneas negras de contorno al tiempo que impartió volumen, gestualidad y gradación cromática a lo gaseiforme.
Para este artista, la pintura consiste en el acto de golpear una brocha embadurnada sobre una tela o una “estructura dibujada”, siguiendo el dictado de una idea. Que, definitivamente, es mejor ver y no oler.
—Israel Castellanos León
