Sandra Ceballos
REFERENCES:
Andreas Winkler and Sebastian A.C. Berger, eds., Cuba: Arte contemporáneo/Contemporary Art (New York: Overlook Press, 2012), p. 85.
REFERENCES:
Kevin Power and Pilar Perez, eds., While Cuba Waits: Art from the Nineties (Santa Monica, CA: Smart Art Press, 1999). Essays by Lupe Álvarez, Dannys Montes de Oca Moreda, and Kevin Power.
Guantánamo, Cuba 1961
Cuando se recuerdan obras de la muestra La bella y la bestia (Proyecto Castillo de la Fuerza, 1989) o se repasan las imágenes de catálogo del Premio de pintura contemporánea Juan Francisco Elso (Museo Nacional de Bellas Artes, 1995), ambas en La Habana, se advierte la posición peculiarísima que Sandra Ceballos ocupa dentro del arte nacional. En dichas muestras, aunque también en Absolut Jawlensky (Galería Habana, 1993), Ceballos pasea su estatus de diferente entre creadores imprescindibles de la actualidad cubana. Incluso el outsider por excelencia del arte nacional, Ezequiel Suárez, parece aquietarse por momentos ante su imponente presencia.
Su decisión poética de adentrase en el universo de lo escatológico, lo mórbido, lo grotesco, lo prohibido o lo enfermo, posee una tradición de padres tutelares en la Isla que cuenta con artistas descollantes como Antonia Eiriz y Santiago (Chago) Armada. La sensibilidad de Ceballos enlaza directamente con este pedigree de lo terrible y orienta no solo su obra sino que rige una visión de su praxis como individuo encaminada a labores curatoriales y de promoción artística, muy necesarias para expandir el medio cubano.
Debido a esta poética, a esta artista graduada de la Escuela de San Alejandro en 1983 y perteneciente a la generación de los ochenta, le ha costado más tiempo que a algunos de sus contemporáneos el llegar a hacerse comprender. Muchas de sus piezas, exposiciones o acciones curatoriales tienen la fuerza de un golpe que nos sorprende en plena cara. Ajena a la renuncia, su sostenido apego a sus convicciones estéticas la ha afirmado definitivamente en el paisaje cultural de la Isla.
La expresión sicógena fue el título de la exhibición personal que el Museo Nacional de Bellas Artes le organizara a Ceballos en noviembre-diciembre de 1996, como ganadora del mencionado Premio de pintura Juan Francisco Elso, que había tenido lugar el año anterior. Sandra presentó una serie de enorme unidad conceptual, donde extrañas esculturas blandas creaban un mundo que rozaba la enfermedad y la insania. Una intensa sensación de sufrimiento y repulsión emanaba del recinto, como si el espacio perteneciese a un inhóspito sanatorio.
Esta pieza, originalmente denominada “Sin título” en el catálogo de la exhibición, formaba parte de un conjunto en que la tela verde de los cuartos quirúrgicos había reemplazado los tradicionales lienzos. El sacrificio de un cuerpo era todo lo que, aparentemente, la obra contaba. Alfileres de cirugía, venoclisis y fragmentos de historias clínicas unidos a algún objeto personal de un cuerpo desconocido, hacía entrever el angustioso trance de un ser particular. Pequeñas evidencias recolectadas en las obras cercanas indicaban que aquel cuerpo en martirio era de mujer. La sospecha de que perteneciera a la propia artista no hacía sino adicionar horror al descubrimiento. ¿Cómo era posible que la artista desnudara de tal modo su cuerpo, su dolor? ¿Nos hacía partícipe de la intimidad de lo enfermo? ¿Por qué nos convertía en testigos del asco y de la inminencia de la muerte?
Sacar a flote los fragmentos de la historia personal y familiar—que se suponen más resguardados por la intimidad y la vergüenza—fue la manera que Ceballos encontró para trasmitir algo más que un estado físico y sicológico individual. Era también una formulación contra los cercos del arte, sobre la libertad individual, sobre la opción de explayarse en lo prohibido, sobre la necesidad de hablar del vértigo desde el mismo borde del precipicio. Con su obra se abre una perspectiva que no existía en el contexto del llamado “nuevo arte cubano” y es una alineación que lo enriquece y lo universaliza.
Ceballos es una artista centrada en el desgarramiento del individuo y de su contexto cultural. Conecta con una alta tradición que nos lleva de Baudelaire a la guatemalteca Regina José Galindo: una estirpe decidida a hurgar en la subjetividad humana desde su costado más equívoco y amargo. La cubana, sin embargo, ha sabido extender ese escrutinio más allá de su propio arte, hacia los alrededores de la actividad artística o hacia zonas donde no parece existir arte alguno, para sacar a luz nuevas personalidades creadoras. Auspiciando incesantemente el surgimiento de un arte desde el no-arte, Ceballos parece tomar revancha de las adversidades que nos depara la existencia. Es por eso que su intensa raíz amarga no se muerde la cola cual cinta de Moebius, apresada eternamente en un círculo sin fin, sino que, aguerrida y desatada, sale en busca de nuevas batallas y territorios para el arte.
— Corina Matamoros Tuma
