Ciego de Ávila 1927–La Habana 1995
Raúl Martínez es uno de los más importantes creadores en toda la historia del arte cubano. Su polifacética trayectoria se manifestó con brío no solo en la pintura, sino que reveló igual desempeño en la fotografía, la publicidad, el diseño de libros, periódicos y carteles, la realización de murales para espacios públicos, el diseño escenográfico y la enseñanza. Fue, en buena lid, un creador multidireccional.
Era de talante inquieto, lo cual lo llevó a experimentar muchas facetas dentro de la propia pintura. Fundador del Grupo de los Once, hacia mediados de la misma década se enfrasca en una carrera donde todas las variantes abstractas serán ensayadas, en un despliegue de modalidades que se sucederán con rapidez hasta 1964. Paralelamente, comienza su trabajo como publicista y fotógrafo.
En 1964 Martínez hace un cambio de rumbo en su obra con la antológica muestra Homenajes, en la que se le ve desasirse de la abstracción para adentrarse en un universo visual figurativo de tendencia Pop. A la manera del combine, las piezas mostraban la energía de un violento collage donde, por primera, vez el artista aludía a circunstancias sociales y al graffiti callejero en un contexto marcado fuertemente por la revolución de 1959. Esta exposición fue ampliamente comentada y muy bien acogida por la crítica y el público.
Dos años después, Martínez entra de lleno en lo que pudiera considerarse la gran innovación de su pintura: la realización de una extensa iconografía de héroes y líderes cubanos. Si hay una obra que simboliza la imagen de la revolución cubana, es la de Raúl Martínez. Sin proponérselo y por momentos a contrapelo, la obra de Raúl fue creando una semblanza y un imaginario de los momentos más arduos de la sociedad cubana contemporánea. No se trata de un arte panfletario que se pliegue ante orientaciones ideológicas e iconos preestablecidos, sino de una obra que inventó los iconos, la imagen y el rostro de un pueblo durante un proceso de acentuado cambio social. En esa imagen nos hemos reconocido varias generaciones de cubanos; de ahí su cualidad de fundador.
La pieza El abanderado—originalmente sin título—data de 1970, es decir, de uno de los momentos más lúcidos, innovadores y optimistas de la pintura de Martínez. De ese año es también Isla 70, una de sus obras cumbre. El abanderado comparte con Isla 70 el color radiante, la planimetría del cartel, la esperanza en un futuro que se transforma y un realismo inspirado en la pintura popular, espontánea, que afloraba extensamente en pancartas y mural callejeros, al son de las marchas y las nuevas manifestaciones de la revolución triunfante. Es incluso posible proponer que El abanderado sea uno de los personajes representados en Isla 70. En el primer panel del tríptico que conforma dicho mural (colección Museo Nacional de Bellas Artes, en La Habana) encontramos en el centro a un abanderado muy similar. Porta igualmente un uniforme de miliciano, el contorno de su rostro es idéntico, así como la posición del torso y la cabeza. Absorto y grave, el mismo hombre desfila en una muchedumbre por alguna calle de La Habana en pleno año de la utópica zafra de los 10 millones de toneladas de azúcar.
Como sucede en muchas de las pinturas del artista, el personaje del abanderado podría partir, muy posiblemente, de una foto tomada por el propio Martínez, quien pobló sus lienzos de personas reales a las cuales fotografió previamente. Aunque también hizo amplio uso de las fotografías de revistas y periódicos, de las imágenes ya trabajadas por la publicidad, para incluirlas en sus lienzos, en una estrategia afín al Pop.
Pocos años antes de El Abanderado, el artista había comenzado a pintar el rostro de José Martí. Inicialmente en tinta sobre cartulinas, luego en grandes lienzos de sensibilidad expresionista, donde repetía la misma imagen del Apóstol de la Independencia con colores absurdos y chillones, muy distantes de los blancos torsos escultóricos que habían inundado la isla. Fue un cuerpo impresionante de pintura que no fue inmediatamente comprendido en su momento. Este conjunto empezó a incluir también a Ernesto Che Guevara, Camilo Cienfuegos, Fidel Castro y a otros líderes cubanos y de prestigio mundial como Ho Chi Minh, Lenin, Marx. Por lo general, fue una pintura severa, misteriosa, y oscura.
Rosas y estrellas, sin embargo, data de 1972. Es posterior al conjunto de héroes pintados entre 1966 y 1970 y posee un tono diferente. Aquí los ásperos retratos de Martí o del Che se han transfigurado en una representación llena de idealidad. Aun sabiéndolos imposibles en su planimetría, en su colorido brillante, estos héroes están representados como dioses de un mito llamado revolución. Han perdido la rudeza y las imperfecciones de la pintura popular para alcanzar un estado de gracia visual y conceptual que los acerca al estatus de ideal.
Este lienzo bien podría confirmar el apego de Martínez a las más hondas convicciones de la revolución más allá de discrepancias y afectaciones personales. Fue realizado en un momento adverso: con el Congreso de Educación y Cultura de 1971 la tendencia más ortodoxa y dogmática del poder había tomado las riendas del debate ideológico en Cuba. La homofobia emprendía su camino ascendente, la intransigencia ideológica era severa, la intolerancia ante todo lo que no aparentaba ser política, religiosa, moral o artísticamente de acuerdo con un mismo patrón, supuestamente revolucionario, es rechazado. Muchas personas fueron discriminadas por creencias religiosas, tipo de arte u orientación sexual. Fue la hora de la norma, la uniformidad y la purga bajo el denominado “Quinquenio Gris” (Fornet). Paradójicamente, en ese contexto tan particular Raúl pinta Rosas y estrellas, lleno de espiritualidad y adhesión a la causa.
El lienzo es un retrato colectivo de héroes, que agrupa a siete próceres de la independencia latinoamericana. En la línea del fondo aparecen Simón Bolívar, Camilo Cienfuegos, el dominicano Máximo Gómez y Antonio Maceo. En primer plano, Fidel, Martí y el Che. Una familiaridad los une por encima del tiempo y el espacio, semejando amigos que se reúnen para tomarse juntos una foto. Tal clima se subraya por la mano del Che sobre el hombro del Apóstol, y por los que parecen ser tirantes de alguna mochila guerrillera como atuendo más contemporáneo para Martí.
En Rosas y estrellas Martí es la figura central del conjunto, tal y como lo indican el ramo de flores en su regazo, y la ubicación en la organización visual del lienzo. Su relación visual junto a líderes que nunca se conocieron respondía a un slogan oficial de la de época: “Cien Años de Lucha” expresaba la continuidad de las luchas libertarias desde 1968 hasta la actualidad, bajo propósitos comunes. También se subraya la vocación latinoamericana de los empeños independentistas nacionales a través de la presencia de héroes de jerarquía continental.
El lienzo, que pudiera haber sido una ejemplar obra de identificación total a los preceptos de la revolución generó, sin embargo, ciertas reservas. Fue exhibido en Casa de las Américas como parte del Encuentro de Plástica Latinoamericana en 1972 y en Chile como parte de una importante muestra cubana, itinerante durante el gobierno de Salvador Allende. Pero se percibía un aire de demasiada intimidad entre los retratados, quienes carecían del arresto de los luchadores. Y, para colmo, eran héroes entre rosas y estrellas. No es de extrañar que, dado el contexto, la pieza no circulara demasiado en lo adelante y permaneciera retirada de las exposiciones transitorias de esos años, a pesar de su belleza y eficacia plástica.
En un semanario cultural habanero de 1972, la pieza aparece reproducida en blanco y negro, promoviendo el Encuentro de Plástica Latinoamericana de ese año. A los pies de la foto, Raúl Martínez escribió a mano y en tinta: “Martí y la libertad, 1972”, a modo de enmienda. Esto hace pensar que el título correcto sea justamente esa inscripción casual y manuscrita, mientras Rosas y estrellas podría tratarse de una forma práctica de denominar un cuadro, algo muy usual en la pintura por demás. Sin olvidar el hecho de que Martí y la libertad es una frase mucho más consistente con toda la obra de Martínez y su devoción al Héroe Nacional.
Los recursos formales de Martínez estuvieron muy asociados a las grandes tendencias artísticas dominantes desde los años sesenta; principalmente el arte abstracto norteamericano, el Pop, el hiperrealismo, o la Figuración narrativa europea. Además de ser considerado como un creador en permanente búsqueda de la actualización visual, su obra le debe mucho a la pintura popular, al trabajo de diseñador y publicista y a sus grandes dotes como fotógrafo.
— Corina Matamoros Tuma
